El valor del teatro

Lorena Oliva

Oímos a menudo que debemos “apoyar el teatro”, como si un arte milenario que ha sobrevivido a censuras y represiones, una manifestación artística que ha sido la voz parlante y ha puesto el cuerpo en revoluciones y grandes cambios sociales en el mundo, que se ha acomodado y adaptado a incorporar las nuevas tecnologías,  necesite apoyo.

Teatroweb
El teatro no tiene precio.

Como dice Jorge Dubatti, “el teatro no es un lenguaje en crisis sino una expresión contra la corriente, en dirección contraria, resistente”.

El teatro es muy fuerte, señores; eso sí sé, así que despreocúpese usted por apoyarlo, mejor ocúpese de disfrutarlo. Sea público, así de fácil, ya que sin público no hay teatro; eso sí necesita y necesitará siempre este arte milenario: espectadores.

Pero no necesita de una pequeña minoría que lo apoye, como quien le pone la mano en el hombro y le da el pésame con resignación; sino todo lo contrario: necesita de un público que lo abrace feliz, que lo sepa disfrutar, que se lo goce aunque sea una tragedia, que lo saboree “despacito”, que lo incorpore a su vida y lo necesite, lo necesite tanto que pueda volverse parte de la canasta básica familiar.

¿Suena utópico, verdad? Pero no es imposible. Solamente es cambiar la óptica, la mirada.

En general tengo la sensación que se asiste a las obras casi por obligación, porque ya compraron las taquillas, un trabajo para la universidad, un compañero o un familiar

actúa, a la pareja le gusta y no queda de otra, etc…  se asiste “como de favor” y hasta medio “chivo” y resulta que, en el mejor de los casos, se sorprenden disfrutando de un evento al que le venían dando la espalda. Esta ciudad vive de espaldas a muchas cosas y el teatro es una de ellas.

Vamos a voltearnos entonces, les propongo  levantar la mirada y ver al teatro de frente, a la misma altura de tus ojos, sin pena.

Si vemos al teatro sin lastima ni compasión, veremos que con el valor módico de una entrada, que muchas veces es simbólico, tienes acceso a sentarte en una butaca y no solo dejarte llevar por una historia, sino completarla, hacerla suya, llevártela a tu casa y tenerla en ti por siempre.

Porque el espectador completa ese circuito de comunicación, que inicia en el momento en que los artistas escogen un texto y deciden darle vida a los personajes y  crear símbolos e imágenes para poder interpretar esa puesta en escena que muchas veces llega solo visualmente, otras intelectualmente y en el mejor de los casos llega directo al alma y ahí es donde surge la verdadera magia.

Digamos pues, que los espectadores son invitados a un ritual único e irrepetible.

Por qué seguir viviendo de espaldas o apoyarlo con pena, cuando podemos aprender a disfrutarlo y ser parte de una experiencia multisensorial que nos invitará adentrarnos en diferentes culturas,  a conocer más la nuestra, a reflexionar sobre nuestra identidad, a reírnos de nuestros pesares, a hacer catarsis con nuestras miserias, a trascender lo humano, a viajar, a burlarnos del tiempo y de la muerte.

Solo es cambiar la percepción y entender que el  teatro es el encuentro de presencias, solo pon la tuya y deja que lo demás suceda.

Saber que en teatro no se gasta, sino que se invierte… Comprender que no deja pérdida alguna y genera intereses con creces y que de una buena función de teatro, jamás se sale igualito, algo nos cambió.

Por eso, estoy segura de que invertir tiempo y dinero en poder vernos reflejados y sentir que la palabra,  esa tan menospreciada;  la mirada, últimamente tan esquiva; la escucha, tan devaluada y el gesto, casi en vías de extinción, cobran sentido en un caja negra donde de la nada todo es posible. Eso, querido lector, no tiene precio.

Entonces quién puede pensar en apoyar algo tan generoso y prolífero, tan fuerte, tan sublime y a la vez tan necesario.

El teatro ha sido creado, ni más ni menos, para honrar a los dioses y esos sí sabían de disfrute y de gozo… no lo reduzcamos, pues, a un simple acto de caridad.

 

Santo Domingo, 1 de octubre de 2017.

Lorena Oliva, actriz de teatro.

Invertir en sensibilidad

La actriz argentina Lorena Oliva vive en Santo Domingo desde 2002 con su esposo, el músico dominicano Germán Venegas y sus hijos Joaquín y Lucía (nacida en el país). Lorena ha hecho de República Dominicana su segunda patria y se ha esforzado por contribuir al desarrollo del teatro local, no solo actuando y poniendo en escena decenas de obras, sino también enseñando este arte a personas de todas las edades, particularmente a niños, niñas y adolescentes. Ahora comparte con la comunidad Oportia otra pasión, la escritura, a través de su columna: Invertir en sensibilidad.

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